domingo, 15 de febrero de 2026

¿ABSTENCIÓN?

Después de los resultados de las últimas elecciones autonómicas en Extremadura, empieza a sonar la idea de que el PSOE se abstenga en la sesión de investidura de María Guardiola "por responsabilidad". Incluso algunos socialistas -por ejemplo, el alcalde de Mérida- parecen no cerrarse a esta posibilidad. 

Se trata, una vez más, de cargar en las espaldas del PSOE la responsabilidad que María Guardiola -como su compañero Jorge Azcón después- no tuvo cuando adelantó las elecciones en su territorio con la pretensión de deshacerse de la presión de VOX y humillar al PSOE. En una situación que podríamos llamar normal, la de un Partido Popular comprometido con los valores democráticos, los Derechos Humanos y la moderación, esta petición podría plantearse. Hoy es evidente que el PP está muy lejos de todo eso y, por tanto, la petición es absolutamente improcedente.

Para que el PSOE se abstuviera en la investidura de un presidente o presidenta del Partido Popular sería necesario un compromiso férreo del PP con valores muy distintos a los que abraza desde hace años. El cordón sanitario a la derecha neofranquista tendría que aplicarse ahora con carácter retroactivo, de manera que el PP abjurase de toda la colaboración con VOX en todo tipo de gobiernos desde 2018, cuando los andaluces tuvimos el dudoso honor de abrir a la extrema derecha las puertas de la política institucional -por cierto, fue Juan Manuel Moreno, el moderado, quien inició esa colaboración-. Solo con una ruptura radical con las políticas de revisionismo histórico, negacionistas del cambio climático, destructoras de los servicios públicos y contrarias a los Derechos Humanos; y con un compromiso firme y verificable de defensa de los pilares básicos del Estado social y democrático, así como de reciprocidad con el PSOE, sería posible empezar a discutir sobre este asunto.

Es evidente que el Partido Popular está muy lejos de todo esto. Antes al contrario, el PP practica un seguidismo de las políticas de VOX que hace imposible diferenciar las posturas de unos y otros. Y si analizamos los hechos, el resultado es aún peor: ¿por qué no se abstuvo el PP para que gobernase en minoría Guillermo Fernández Vara en 2023, habiendo sido el PSOE la fuerza más votada? ¿Hay garantías de que la abstención del PSOE y la consecuente investidura de María Guardiola no se convierta en un cheque en blanco para gobernar apoyada por VOX? ¿Es asumible que validemos a la candidata extremeña mientras su partido cuestiona la legitimidad del gobierno de coalición de Pedro Sánchez? 

El PSOE es el único de los dos grandes partidos que se abstuvo para favorecer la investidura del candidato rival a la Presidencia del Gobierno. Por tanto, nuestro partido ya pasó con creces la prueba de la responsabilidad. Corresponde ahora al PP elegir entre comportarse con la responsabilidad inherente a un partido que se dice "de Estado" o continuar en su deriva hacia la fusión con la derecha neofranquista. Me temo que está más cerca de lo segundo que de lo primero.

lunes, 6 de octubre de 2025

NOS JUGAMOS LA SALUD


La imagen que acompaña este texto es de ahora mismo, mientras me pongo a escribir. Podría ser de ayer, de hace una semana, de hace un mes o de hace un año. Esta es la realidad habitual de la atención primaria que el Servicio Andaluz de Salud nos presta en Berja, la del mensaje "en este momento no podemos gestionar su cita". Una realidad frustrante que se mantiene desde hace ya demasiado tiempo.

Tenemos que ser honestos: la sanidad pública andaluza siempre ha sido mejorable. Pero la situación de desidia en la que se encuentra actualmente resulta intolerable. El gobierno andaluz nos vende año tras año que el presupuesto de la Consejería de Salud y Consumo aumenta. Lo que no nos dicen es en qué se traduce ese aumento presupuestario: en el llenado de los bolsillos de las empresas de sanidad privada. La atención primaria se ha convertido en un cuello de botella para el acceso al sistema, simbolizado en la pantalla de ClicSalud del pruebe suerte en otro momento o la de la ventanilla física donde el personal administrativo, con cara de circunstancias, nos invita a madrugar más la próxima vez o a entrar a ClicSalud entre las 5 y las 6 de la madrugada -a pesar de la vergüenza ajena que producen, esos consejos se dan-, que es más probable obtener una cita. Si no fuera por el drama que esto supone para los usuarios con dolencias graves y crónicas, daría risa.

En esa pantalla o esa ventanilla empieza el calvario del usuario necesitado de atención médica. Pero si la dolencia es de importancia, el siguiente capítulo es la demora en la atención por el médico especialista o, después, la lista de espera quirúrgica.

Si no fuera tan serio, sería un chiste. Aunque para nuestra consejera parece que, efectivamente, lo es. Así ha despachado el gravísimo asunto de la desatención de una gran cantidad -todavía por conocer con exactitud- de mujeres a la espera de los resultados de sus mamografías. Lo que empezó siento unos pocos casos ya alcanza los 2000, aunque una asociación de afectadas -AMAMA- cree que la cifra podría quedarse corta, lamentablemente. 

Las justificaciones o disculpas pedidas hasta hoy no han hecho más que añadir un mayor nivel de desvergüenza y desprecio hacia las afectadas por parte del Gobierno de Andalucía. La habitual ausencia de asunción de responsabilidades por parte de los gobernantes del Partido Popular vuelve a manifestarse aquí, como si fuera una catástrofe meteorológica o una cadena de incendios forestales. Esperemos que en próximas citas electorales los ciudadanos exijamos esa responsabilidad mal asumida con la herramienta más valiosa que tenemos: nuestro voto. Mientras tanto, nos queda la protesta y la exigencia de respuesta a los causantes de tanto despropósito.

lunes, 15 de septiembre de 2025

LA GUERRA DE FEIJÓO

Quienes tenemos cierta edad recordamos el clima que se vivió en España en los primeros 2000, cuando una coalición internacional invadió Irak con el pretexto de la existencia en el país de "armas de destrucción masiva", como se decía entonces. El "no a la guerra" como lema de manifestaciones masivas fue abriéndose paso para cuestionar la política internacional del Gobierno de España de entonces, dejando en evidencia que la población no respaldaba su deriva belicista. José María Aznar gobernaba con mano de hierro tras cosechar mayoría absoluta en las elecciones del año 2000 y se empeñó, como él decía, en "sacar a España del rincón de la Historia". Y lo hizo de la peor manera posible, involucrando a nuestro país en una guerra contraria al Derecho Internacional y que generó, además de la consiguiente espiral de muerte y destrucción, un clima de inestabilidad en la zona que alimentó peligrosos movimientos de terrorismo islamista.

El Partido Popular de entonces decidió ponerse de espaldas a ese clamor de la sociedad española, respaldando el afán militarista de su presidente. En esa deriva, nadie fue capaz de reconducir la actitud de Aznar y el partido en bloque respaldó esa nueva politica exterior atlantista y unilateralista, como país subordinado a los dictados e intereses de los Estados Unidos.

El resultado de todo esto fue poner a España en el punto de mira de esos movimientos terroristas, teniendo como útlima consecuencia los salvajes atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Con ellos empezó, tristemente, otra deriva muy de actualidad: la costumbre del Partido Popular de reescribir los acontecimientos de los que no es capaz de responsabilizarse -sobran ejemplos recientes: DANA de Valencia, incendios forestales ... -. 

Hoy aceptamos que la desgraciada reacción del gobierno de Aznar a los atentados del 11M, intentando engañar masivamente a la población sobre la autoría del atentado, fue la clave de que el PSOE ganara las elecciones de 2004. Pero el relato no es completo. De acuerdo con el testimonio de José Luis Rodríguez Zapatero, los sondeos propios venían dando al PSOE un incremento sostenido en la intención de voto consecuencia del hartazgo de la población con los discursos belicistas del gobierno y la repulsa hacia quienes justificaban la guerra con argumentos sin base. Es decir, el engaño del 11M fue la gota que colmó el vaso, pero la tendencia venía de atrás, a expensas de un Partido Popular entregado al belicismo ilegal que no fue capaz de corregir el rumbo que imponía su líder.

Hoy, con el clima social que estamos viviendo en relación con el genocidio que se comete en Gaza, no puedo evitar revivir las sensaciones de entonces. Veo un Partido Popular entregado al sionismo más recalcitrante y asesino por ser incapaz de desmarcarse de su líder. Lo único que no está claro es quien ejerce ese liderazgo, si es Isabel D. Ayuso o Santiago Abascal. Tal como ocurrió hace veinte años, el incapaz Feijóo -como entonces M. Rajoy- será arrollado por este clima social que no tolera la indefendible matanza de inocentes que realiza el gobierno de Netanyahu. Estamos ante "la guerra de Feijóo".

miércoles, 23 de julio de 2025

Y TÚ MÁS

Cuando en su defensa, desde el PSOE se señalan las grandes causas por corrupción en las que ha estado o está inmerso el Partido Popular, la primera respuesta de otros partidos o de los medios de comunicación es afear que se recurra al "y tú más". Este post va precisamente de eso, de reivindicar explícitamente el "y tú más", aunque sea políticamente incorrecto.

En el PSOE ha habido casos de corrupción. Desde aquellos casos de los años 90, con Luis Roldán como ejemplo más palmario, pasando por el caso ERE en Andalucía -aquí puedes ver un buen resumen, aunque no incluye la posterior estimación de los recursos de Chaves y Griñán ante el TC- llegando, en nuestros días, al presunto caso Cerdán-Ábalos-Koldo, en el que parecen haberse pagado comisiones por adjudicaciones de obra pública. En todos los casos se repite un mismo patrón: algunos cargos nombrados desde gobiernos socialistas aprovechan su posición para enriquecerse ilícitamente o para beneficiar a otras personas con prestaciones que no les corresponden. Todos son intolerables y deben ser juzgados y, en su caso, condenados.

En el Partido Popular hay casos como los anteriores, sí, y son igual de censurables. Pero hay otros -bastantes- en los que existe un plus de gravedad. Me estoy refiriendo a casos como "Gürtel", "Kitchen" o, ahora, al "caso Montoro". En todos ellos no es que se produzca un comportamiento aislado de un sinvergüenza que se enriquece aprovechando su cargo, es que hay una trama institucionalizada con fines corruptos y delictivos. Si hablamos de Gürtel, se trata de una forma de operar generalizada en el PP desde tiempos -al menos- de Aznar para enriquecer a unos pocos y para financiar ilegalmente al partido. En el caso Kitchen, pendiente de juicio y con importantes peticiones de penas por parte de la fiscalía, es una estrategia ideada en las cloacas del Ministerio del Interior para conseguir y destruir pruebas que incriminaban al PP en la trama Gürtel. Y en el caso Montoro, conocido en los últimos días, se observa una actuación orquestada por el Ministerio de Hacienda para legislar por encargo en favor de grandes empresas energéticas previo pago a un despacho de consultoría vinculado al entonces ministro.

Los casos nombrados -que ni mucho menos son los únicos- lo que dejan ver no son hechos corruptos aislados, sino la normalización de la Administración Pública como una mera oportunidad de negocio para quienes la dirigen, poniéndola al servicio de intereses privados mientras se exigían todo tipo de sacrificios a la clase trabajadora.

La corrupción de personas a título individual -siendo intolerable- no puede compararse, ni en el volumen defraudado ni en su gravedad, con los entramados de corrupción generalizados. Por otra parte, la reacción ante los casos de unos y otros tampoco es comparable: mientras en el PP se ampara a sus corruptos, se maniobra en contra de los jueces o se destruyen pruebas, en el PSOE se actúa de manera inmediata contra sus cargos implicados. Y se hace no solo porque la dirección del partido sea exigente en cuanto a la ejemplaridad de estos cargos, sino también porque se sabe que la base electoral y la militancia repudian firmemente estos comportamientos.

Por todo ello, el "y tú más" no es en este ámbito una reacción infantil buscando eludir responsabilidades propias, sino la constatación de un hecho objetivo: ni en el carácter de la corrupción ni en la respuesta ofrecida contra ella, somos iguales. Y eso, sin quitar gravedad a los casos que nos afectan, hay que decirlo.

jueves, 17 de julio de 2025

DERECHA, EN SINGULAR

Los sucesos de Torre Pacheco de días recientes nos vuelven a pintar la cara colorada como país. El odio a personas de origen extranjero en un país de emigrantes -a Sudamérica, a Francia, a Alemania, a Suiza ... - no solo es incomprensible sino que, también, nos provoca una gran vergüenza. La violencia contra personas migrantes que tengan un determinado origen o color de piel no es más que racismo y xenofobia, vestida de justificaciones insostenibles que atribuyen a la población extranjera la supuesta inseguridad en la que vivimos.

El hecho es que hoy en día, la población extranjera asentada en España -y eso lo sabemos bien en la zona en la que vivimos- supone ya el 14,1% del total de cotizantes a la Seguridad Social, superando este pasado mes de junio los tres millones de personas. Además, la contribución de esta masa de población al crecimiento del PIB estaría entre el 14 y el 24% del crecimiento total de la economía en los últimos años, según los datos del Banco de España

Por encima de datos económicos, los socialistas defendemos la dignidad de los seres humanos, vengan de donde vengan, y el derecho de todos a emigrar buscando mejores condiciones de vida. Derecho, por cierto, que en España no es algo sujeto a la percepción personal de cada uno, sino que está consagrado en el Artículo 13 de la Declaración de los Derechos Humanos, que a su vez es el marco de interpretación de los derechos fundamentales en la Constitución de 1978.

La realidad social que tenemos en España es que nuestras tasas de criminalidad, a pesar de lo que digan Telecinco, Antena 3, Cope, EsRadio, OkDiario u otros panfletos, es de las más bajas de Europa y del mundo. Además, hay datos especialmente elocuentes: en los últimos veinte años, mientras el porcentaje de población extranjera casi se ha duplicado, la tasa de criminalidad ha pasado de 49,4 infracciones penales por cada 1000 habitantes a 40,6 en el primer trimestre de 2025.

Ante esta realidad, a menudo oculta, pero tozuda, ¿qué hacen los partidos de derechas en España? En el caso de VOX lo tenemos claro desde hace tiempo: criminalizar a las personas migrantes, incluidos los niños, asociándolos con la inseguridad ciudadana y proponiendo medidas que no pueden calificarse más que de limpieza étnica.

¿Qué hace el Partido Popular de Feijóo ante esta situación? En el mejor de los casos, ponerse de perfil. Su presidente es incapaz de marcar una línea propia frente al empuje de VOX y, ante sucesos como los de Torre Pacheco, condena la violencia con la boca pequeña y pone especial énfasis en culpar, como de cualquier otra cosa, al Gobierno de España de la situación. Eso es lo que hace Feijóo, que sigue ejerciendo de moderado en días alternos. Mientras, sus ausencias para sumarse al discurso ultra las cubren los verdaderos portavoces y líderes del partido, como Miguel Tellado o Isabel D. Ayuso.

En definitiva, desgraciadamente en nuestro país sufrimos la clamorosa ausencia de una derecha civilizada y plenamente democrática. Poca sorpresa, si tenemos en cuenta el origen de PP y VOX: ambos vienen del mismo tronco, la Alianza Popular fundada por exministros de la dictadura franquista. Por eso, cada vez tiene menos sentido la diferenciación entre "derecha y extrema derecha", "extrema derecha y derecha extrema", "las derechas" ... En España -en el ámbito estatal- tenemos una sola derecha representada por dos franquicias. Sus discursos son indistinguibles y su colaboración en todos los niveles de gobierno donde han tenido oportunidad -a pesar de la teatralización de sus desavenencias- la delata, con resultados catastróficos. Hablemos, por tanto, de derecha en singular, porque la supuesta derecha civilizada nos niega la esperanza de comportarse, alguna vez, con la altura que se le supone a un partido de Estado.


miércoles, 9 de julio de 2025

UNA NUEVA ETAPA

Retomo este blog para haceros partícipes de mis reflexiones en calidad de Secretario General del PSOE de Berja, cargo que tengo el honor de ostentar desde el 23 de mayo de este año. Valoré la opción de iniciar uno nuevo, resaltando así el cambio de etapa que supone esta nueva responsabilidad. Sin embargo, pese a algunas limitaciones técnicas que no he sido capaz de resolver, he decidido que siga siendo este mi lugar de encuentro con amigos -como siempre- y con militantes y simpatizantes socialistas. Seguirá teniendo el mismo nombre con el que se inició, allá por el año 2009 y la misma dirección web.

Suele decirse que cada uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. En mi caso, nunca he visto esto como un problema y de ello da testimonio el contenido de este blog. Mis contradicciones -cuando las haya- como persona, como militante y ahora como secretario general de mi agrupación, son parte de mí y no tengo ninguna intención de ocultarlas. Siempre me he sentido libre para expresar mis opiniones en un partido que es -y queremos que siga siendo- plural y diverso. Lo seguiré haciendo, sin perder de vista la responsabilidad que implica mi cargo y el respeto a otros compañeros y compañeras que tengan opiniones diferentes.

El PSOE de Berja empieza una nueva etapa. Quienes formamos la nueva Comisión Ejecutiva del partido asumimos nuestra tarea conscientes de los retos que tenemos por delante, con humildad y con un profundo agradecimiento a los compañeros y compañeras que nos han dado su confianza. También con ilusión y vocación de servicio a los militantes y simpatizantes y, en general, a la ciudadanía de Berja. Y con la convicción de que nuestro partido, con 146 años de digna historia, sigue siendo la mejor herramienta democrática para mejorar la vida de la gente en España y, de forma más concreta, en nuestro pueblo.

Os invito a participar de este punto de encuentro, a compartir también vuestras opiniones, sugerencias o críticas. El debate público con quienes ejercemos responsabilidades orgánicas o institucionales no solo es sano, sino necesario.

Nos vemos por aquí.

sábado, 4 de diciembre de 2021

GABRIELUIS

Con esta particular forma de escribir su nombre firmaba Gabriel Luis García Callejón sus comunicaciones con quienes tuvimos la suerte de conocerlo. Desde que supe de su fallecimiento, el pasado día 15, quise dedicarle estas modestas palabras de despedida. He repasado desde entonces los mensajes que intercambiamos y que conservo, reviviendo experiencias compartidas en los últimos años.

Fui concejal en la Corporación Municipal de Berja entre el 20 de noviembre de 2012 y el 28 de junio de 2019. Gabriel Luis fue de las pocas personas presentes en el público en la sesión plenaria de mi toma de posesión. No nos conocíamos, y fue él quien se interesó por presentarse y darme la enhorabuena por el acontecimiento antes de abandonar el salón de plenos.

Con posterioridad, nuestra relación se estrechó a raíz de lo que él llamó "Operación Carro". Nada menos que un cuidado programa de actividades para dedicar una placa a Juan Gabriel García Escobar, hermano de Manolo Escobar, en el edificio donde su familia residió durante algunos años en Berja. Todo empezó con una reunión en el Ayuntamiento, a la que Gabriel Luis convocó a los portavoces de los dos grupos políticos -PP y PSOE- representados por entonces en el Pleno. De esta forma, el entonces portavoz popular -actual alcalde- y yo mismo compartimos con él una tarde en la que nos dio a conocer la operación, que albergaba, más allá de los rodeos colaterales de dedicar una placa a su hermano y del pregón de su hija, el objetivo último y principal de recibir en Berja al mismísimo Manolo Escobar, por entonces ya con un frágil estado de salud.

De aquella Operación Carro me quedó el recuerdo del cuidado exquisito con el que Gabriel Luis lo organizó todo. Quiso que no hubiese ni un solo paso o hito del proceso en el que alguien pudiera sentirse al margen. Como portavoz de la oposición, me mantuvo puntualmente informado de cualquier movimiento, procurando -y consiguiendo- que no hubiese el menor atisbo de aprovechamiento político de los acontecimientos, más allá del lógico protagonismo de quien ostentaba el gobierno municipal. Desde la organización minuciosa de los actos hasta la contribución simbólica que los miembros de la Corporación hicimos a la colecta para la adquisición del carro perdido de Manolo Escobar, puso todo su empeño en que el resultado final de todo aquello fuese un homenaje unánime de la ciudadanía de Berja a Manolo Escobar y su familia. 

Desde entonces, mantuvimos una relación de profundo respeto y aprecio mutuo. A pesar de nuestras diferencias ideológicas -que él nunca ocultó-, me sentí siempre querido por una persona entrañable que valoraba mi labor y la forma en que la desarrollaba. En ocasiones especiales, intercambiábamos llamadas o mensajes de felicitación mutuos. Recuerdo con simpatía cuando, en un viaje con una peña taurina de Roquetas de Mar, conoció en Cáceres a un guía turístico que mencionó tener amigos en Berja. Inmediatamente se interesó por la identidad de tales amigos y, nada más pisar tierra virgitana, me llamó para comunicarme ese encuentro casual. 

De palabras siempre ceremoniosas, como era él, mantengo en la memoria las que intercambiamos la última vez, con ocasión de la calle que la Corporación Municipal de Berja le dedicó en junio pasado. En ellas me agradecía mi felicitación, a él y a su familia, con la enorme consideración que siempre me ofreció. Sabiéndolo creyente, yo hoy le dedico de forma póstuma este humilde homenaje deseándole, como él quisiera, el descanso eterno que merecía y mi más sentido pésame a su familia.

Descansa en paz, Gabrieluis. Espero que donde estés sientas con estas letras el último abrazo que no nos pudimos dar.



sábado, 25 de abril de 2020

MUERTOS

Esta es un historia muy vieja, que empezó en la segunda mitad de los años 90 del siglo pasado. Gobernaba España el Partido Popular liderado por José María Aznar. El 13 de julio de 1997 se convirtió en una de esas fechas que nunca se olvidan, de aquellas que uno sabe, a pesar del tiempo transcurrido, qué estaba haciendo y dónde cuando cierto hecho se produjo. En este caso, el acontecimiento fue un hecho ciertamente luctuoso, el asesinato, a plazo fijo y a sangre fría, de Miguel Ángel Blanco, un joven concejal del PP en Ermua, a manos de ETA. La indignación y la rabia colectiva se masticaban en España en esos días desgraciados que pasaron entre el secuestro y la muerte de Miguel Ángel.

Esta situación, a pesar del drama, dejaba algo positivo en la sociedad española y, muy especialmente, en la vasca: un antes y un después en la deriva criminal de ETA; un punto y aparte pasado el cual la sociedad ya no toleraría más muerte inútil e injusta. El enorme hartazgo social parió una conciencia colectiva que ya no estaba dispuesta a permanecer callada y apretar los dientes. Fue un punto de no retorno, un hasta aquí hemos llegado que vislumbraba -con décadas de antelación y con mucho dolor aún por delante- el principio del fin de la actividad criminal de ETA.

Dicen que fue ahí, en esta enorme reacción social ante la barbarie terrorista, donde nació. Dicen que fue el momento en el que alguien, en el PP, pensó que ese clima de unanimidad social contra el terrorismo podía ser explotado en términos de rentabilidad electoral. Todavía eran los tiempos en que Aznar hablaba catalán en la intimidad y pactaba con el otrora molt honorable Jordi Pujol la gobernabilidad de España.

Empieza así una deriva peligrosa, que se fue traduciendo en una asimilación irresponsable de nacionalismo con terrorismo. Poco a poco, se empieza a perder el pudor en el uso de las víctimas del terrorismo, con acusaciones, cada vez menos veladas, de complicidad con el terrorismo etarra. Acusaciones que se dirigen no solo hacia su brazo político, entonces Herri Batasuna, sino por extensión, a cualquier otro partido nacionalista. Y por supuesto al PSOE, a pesar de ser un partido tremendamente golpeado por la violencia. Cada nueva víctima, tras el consenso momentáneo que rodea su funeral, se convierte en munición contra el adversario político. Es una estrategia infame de patrimonialización de las víctimas, de apropiación del dolor. Como si cada víctima -y las hubo de todo color político- fuese un mártir de la causa del PP y su idea de España, frente a la cobardía del resto de partidos.

Pero llegó el día en que al Partido Popular esta estrategia le explotó en las manos, en un sentido prácticamente literal de la palabra. El 11 de marzo de 2004, a tres días de unas elecciones generales, se produce el mayor ataque terrorista que haya conocido España, con cerca de 200 víctimas directas. El gobierno del PP distribuye, desde el primer momento y pese a la ausencia de evidencias, la versión de la autoría de ETA. Sin embargo, a medida que avanza la tarde se afianzan las sospechas de que la autoría del atentado corresponde a una célula islamista. La reciente política exterior de Aznar, alineada con la invasión estadounidense de Irak, había producido dos cosas: un enorme malestar en la sociedad española y un señalamiento de España como objetivo del terrorismo yihadista.

La disyuntiva en el gobierno en aquel momento es clara: si ETA es la autora del atentado, la estrategia de los últimos años culminaría en unas excelentes expectativas electorales para tres días después. Si, por el contrario, se trata de un atentado islamista, no habrá forma de cargar sobre el PSOE la responsabilidad de las muertes, y se pondrá en peligro el triunfo electoral. En una falta de escrúpulos inaudita, Aznar opta por mantener la versión de la autoría etarra contra todas las evidencias aparecidas e, incluso, tras las primeras detenciones de personas implicadas, vinculadas con Al-Qaeda. La mentira se destapa antes de las elecciones y se produce un vuelco electoral que permitió la victoria del PSOE.

El PP jamás superará este hecho. Durante años alentaría -infructuosamente- todo tipo de teorías de la conspiración para conectar con ETA la autoría intelectual de los atentados. Desde entonces, en contraposición con las víctimas de ETA -y la Asociación de Víctimas del Terrorismo, verdadera correa de transmisión del PP más ultra en esos años- las víctimas del 11-M siempre fueron para ellos víctimas de segunda, muertos accidentales que fueron la causa de su derrota electoral. Nunca ocultaron su animadversión hacia la asociación de víctimas del 11-M, y nunca fue para ellos plato de gusto el homenaje que se les brindaba cada año. Mientras las víctimas de ETA eran sus mártires, las del 11-M constituían un colectivo incómodo que les ponía ante el espejo de su irresponsabilidad y sus mentiras.

De aquellos polvos, estos lodos. El PP lleva décadas arrojando los muertos -los que considera sus muertos- al gobierno de turno o a los partidos de la oposición, bajo acusaciones de desprecio o de traición. No es tanto que les duelan las víctimas, como que les son útiles ciertas víctimas. Las víctimas de ETA o del Covid-19 son sus muertos, porque -creen- pueden usarse para desgaste del gobierno. Sin embargo, poca empatía demostraron con las víctimas de aquel desgraciado 11-M o las del accidente del Yak-42 un año antes, cuya gestión revuelve el estómago solo de recordarla. Esos muertos nunca fueron suyos.

Por eso ahora, en medio de la enorme tragedia que vivimos, reclaman que a la ciudadanía confinada se le sirva diariamente la correspondiente ración de horror y muerte. Bajo el pretexto del luto y de las muestras de respeto, lo que se busca no es tanto el homenaje de los fallecidos sino el desgaste del adversario político, como tantas otras veces. Y por eso los españoles nos revelamos mayoritariamente contra esta idea. Porque éstos, como todos los compatriotas que fallecieron en circunstancias de desgracia colectiva, son nuestros muertos. Y el respeto que nos inspiran, todos ellos, no permite el exhibicionismo interesado de ataúdes con fines partidistas.


domingo, 2 de febrero de 2020

REENCUENTROS

Hoy, como muchos domingos por la mañana, he dedicado parte de mi tiempo a corregir unos exámenes que tenía pendientes -los que sois docentes sabéis del tiempo de "descanso" que ocupamos en estas cosas-. Pero ayer estuve de fiesta todo el día y hoy me resultaba difícil mantener la concentración. Para los mal pensados, no era resaca. Al menos, no era una resaca etílica, sino una especie de resaca emocional que me dejó la fiesta. 

Ayer celebramos la jubilación de Carlos Fernández, quien fue mi profesor de Educación Física en 1º y 2º de BUP y, después, compañero en el IES Santo Domingo durante los cursos 2006/2007 y 2007/2008. No sé cómo se lo pasaron los demás que estuvieron allí, pero yo creo que no exagero si digo que, después del propio Carlos, fui la persona que volvió más feliz a su casa después de la fiesta. Por supuesto, una parte muy importante del mérito de que la celebración fuese un éxito la tienen mis antiguos compañeros del Santo Domingo, con Carre a la cabeza, que actuó como un presidente del Comité Organizador Olímpico entregado a la causa y emocionado con la despedida de quien es, para él sobre todo, más que un buen compañero, un gran amigo.

Del propio Carlos es difícil decir algo que no se dijese ayer. Para mí, que como alumno no fui precisamente un portento de la Educación Física, fue el profesor que valoró mi esfuerzo en vencer mis limitaciones para la asignatura. También, uno de los que me acompañó en mi viaje de estudios de 3º, junto a Magda, su mujer, y algún otro profesor-compañero-amigo, como Eduardo Ortega. De mi experiencia como compañero de Carlos destaco especialmente su excelente humor en todo momento. No puedo recordar, en todo ese tiempo, ninguna cara de Carlos que no llevara estampada una sonrisa, ni ninguna situación de tensión en la que faltara su comentario socarrón de buen abderitano. 

De todos, de Carlos y de otros muchos que nos encontramos allí, me traje mucho cariño y la sensación de querernos a pesar de los años transcurridos -casi doce ya desde que no trabajo con ellos-. Puede que yo sea un poco sentimental o que a veces tienda a ser más severo conmigo mismo de lo que merezco, pero lo cierto es que para mí es -además de un orgullo- una satisfacción indescriptible que tantas y tan buenas personas me recuerden con cariño. Estoy seguro de que no se imaginan hasta que punto.

Por todo eso fue un día estupendo. Con algunos a quienes veo más, como Néstor y Samuel. Con otras con quienes mantengo contacto por compartir especialidad docente, como Inma, Eva o Fina. Con otras personas con las que he compartido experiencias no docentes, como Lola Alférez, Pili, Juan y Paco. Con quienes no han sido ni siquiera compañeras de trabajo pero siempre que nos vemos echamos un rato, como Mari Ángeles y Trini. Con compañeros que, pasado tanto tiempo de desconexión en una profesión donde se trata a cientos de personas al año, me recuerdan por mi nombre, como el Maestro -con mayúscula- Jesús López, Pilar Jurado, Ramón y Mariola. Con otros compañeros que no estaban allí físicamente, pero de quienes nos acordamos y tuvimos presentes, como Domingo y Manoli. Con el homenajeado, que si algo merece es el baño de cariño que ayer se llevó de todos nosotros junto a su familia. Y con dos personas que me aprecian, creo, muy por encima de lo que merece su convivencia conmigo -apenas dos cursos hace un montón de años-: Pepe Casasola y Carre (junto a Ángela). Ayer los dos me deciais que escribiese, que echabais de menos leer mis reflexiones en este blog. Es un gusto encontrarse gente que me valora, también, por las cosas que digo y como las digo. 

Así que sí, creo que hoy soy el más feliz de todos, con permiso de Carlos. Id haciendo cuentas, en mi jubilación quiero que tod@s estéis allí. Un abrazo inmenso. Gracias.

domingo, 9 de diciembre de 2018

LA DERECHA ESPAÑOLA: ENTRE LA REALIDAD Y EL DESEO

España podría ser un país en el que existiese un único sentimiento de identidad nacional, de manera que todos nos sintiésemos españoles por los cuatro costados, orgullosos de serlo y de hacer ostentación de nuestros símbolos patrios, como la bandera. Un país en el que la sola mención de Gibraltar desencadenase automáticamente el grito ¡español! y en el que, hasta nueva orden, viviésemos en un 155 perpetuo hasta que desapareciese el último catalán independentista. Un país en el que rechazásemos de plano la descentralización política, porque eso de las comunidades autónomas no es más que un gasto innecesario: ¿qué más te da desde dónde te gobiernen? España podría ser un país en el que nos identificásemos de manera uniforme con la tradición judeocristiana, con sus valores e iconografía, con su belén navideño y su árbol -aunque éste no sé si es muy español-.  Un país en el que todos, cada cuál según su gusto, fuésemos hermanos de alguna cofradía de Semana Santa, puesto que es una perfecta manifestación de nuestra fe y tradición. Podría ser, también, un país en el que todos rechazásemos sin matices el aborto, como el más vil asesinato, el del no nacido que no puede defenderse. España podría ser un país en el que no existiese el matrimonio entre personas del mismo sexo, porque la ley de dios y la propia biología -los niños tienen pene, las niñas tienen vulva, como nos enseñó Hazte Oir- nos dicen claramente que esto es algo contra natura. Podría ser un país en el que la tauromaquia fuese una manifestación cultural asumida por todo el mundo, como una más de las esencias patrias que debe salvaguardarse a cualquier precio, porque dejar que desaparezca por falta de apoyo sería perder parte del ser de España. España podría ser, además, un país en el que la caza fuese totalmente incuestionable, por ser una actividad que hunde sus raíces en la noche de nuestra Historia, de manera que someterla a escrutinio público no es más que ser parte de la anti-España. Podría ser un país en el que se aceptase, de una vez, que la educación -no necesariamente pública, por supuesto- debe ser elegida en total libertad por las familias, haciéndose cargo el Estado de la factura del colegio de nuestros hijos, ya sea del Opus o de los Legionarios de Cristo. Y otro tanto sería aplicable en la Sanidad. España podría ser un país en el que repudiásemos la inmigración como un fenómeno que atrae a indeseables que vienen a aprovecharse de nuestro estado del bienestar. Estado del bienestar innecesario, pues es sabido que cada cuál es responsable de cubrir sus necesidades económicas, y quien no lo puede hacer es porque es un vago o un inútil. Podría ser, también, un país en el que la monarquía borbónica fuese asumida como una bendición del cielo que nos ha traído democracia y prosperidad, cosa que seguirá haciendo, amén de ser un símbolo de la permanencia y unidad de la patria, y por tanto incuestionable sin cuestionar la propia España. En España, la Guerra Civil y la dictadura de Franco podrían ser etapas totalmente superadas en un abrazo de reconciliación nacional, y las Fuerzas Armadas gozar del reconocimiento debido a quien tiene la honrosa tarea de defendernos. España podría ser, en fin, UNA gran nación, con un estado unitario y centralizado, institucionalmente católica, taurina y cazadora, partidaria del ultraliberalismo económico, sin traumas históricos, promilitar y monárquica.

España podría ser todo eso, pero no lo es. En España coexisten distintos sentimientos de identidad nacional, le pese a quien le pese, y la unidad del país dependerá de comprender y hacer compatibles estos sentimientos mediante el acuerdo, no la imposición forzosa de banderas y credos. La descentralización política derivada de nuestra Constitución es ya hoy patrimonio político de nuestro Estado, y habrá más de media España que cuestione su desaparición si ésta se plantea. España, además, no es uniformemente católica: hay muchos ciudadanos de otras creencias y quienes, formalmente, siguen siendo católicos, han dejado de ser practicantes. En España respetamos la Semana Santa y muchas personas participan de sus ritos por puro folklore o tradición, sin restar valor a esta participación. También hay quienes no son aficionados a la Semana Santa en absoluto, o critican su monopolio del espacio público durante esa época del año, y no son malos españoles por eso. Los españoles aceptamos el derecho al aborto de las mujeres, de acuerdo con la ley, como la mejor -o la menos mala, o la única- salida a una situación angustiosa, que solo quien ha pasado por ella sabe cuánto lo es. Porque entendemos que ninguna mujer aborta por el gusto de hacerlo; al contrario, probablemente será una de las situaciones más traumáticas que afrontarán en su vida, a la que no podemos añadir una persecución legal. En España el matrimonio homosexual está totalmente normalizado, y es aceptado incluso por personas de avanzada edad que podrían tener muchos más prejuicios que los jóvenes dirigentes de nuestras derechas. El nuestro podría ser un país taurino y cazador, pero el hecho es que estas dos aficiones son minoritarias en la población y que son, como todo, cuestionables. Más que de su prohibición, estoy convencido de su desaparición progresiva. Y España seguirá siéndolo cuando ya no estén. La mitad -o más- de los españoles defendemos una carga impositiva justa y progresiva, que garantice la prestación de los servicios públicos, garantía de progreso social y bienestar. En España, muchos pensamos que los inmigrantes son, ante todo, personas que deben ser tratadas de acuerdo a su dignidad humana. Y castigados por sus faltas o delitos, conforme a la ley, no por sus costumbres. En España, no todos somos monárquicos. Muchos defendemos un régimen republicano como alternativa a una monarquía que, demasiadas veces en nuestra Historia, se ha revelado autoritaria y corrupta. Cierto que un Presidente de la República también puede serlo, pero tendremos entonces la ocasión de destituirlo con nuestro voto. España no se reconciliará consigo misma mientras haya muertos en las cunetas y no se restituya la dignidad de los perseguidos por la dictadura franquista. Y no tendremos afinidad por los valores castrenses mientras no se perciba claramente que estos valores están plenamente comprometidos con la democracia, el respeto al poder civil y la aconfesionalidad.

Los dirigentes de las derechas, que identifican España con todo este cúmulo de tópicos e ideas que están lejos de ser -como ellos creen- compartidos por todos los españoles de bien, confunden la realidad con el deseo. Esa es la España que ellos sueñan y en la que solo viven ellos, fuera de la realidad. Pero España no ha sido nunca así, y no lo será. Si alguna vez se dieran cuenta, habríamos ganado una derecha verdaderamente demócratica y europea.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

IDEAS QUE REBOTAN EN MI CABEZA DE SOCIALISTA

A diferencia de otras personas de mi partido, me reconozco en estado de shock desde la noche del domingo. No por el hecho de que el PSOE salga del gobierno en Andalucía -me afectaría, pero no hasta ese punto-, cosa que en democracia es normal y que era de esperar que alguna vez ocurriese, sino por la irrupción parlamentaria, por primera vez en España, de una fuerza política que se sitúa abiertamente en la extrema derecha. Me preocupa, y creo que debería ser motivo de preocupación para cualquier demócrata en Andalucía y en España. Y es tal la cantidad de ideas que bullen en mi cabeza que no consigo poner en orden un catálogo de conclusiones coherente y completo sobre qué ha pasado y qué hay que hacer a partir de ahora.

Como primer elemento a tener en cuenta en el análisis de la situación, hay que decir que si la participación hubiese estado en un rango de normalidad -superior al 65%-  la situación sería, a buen seguro, muy diferente. Las manifestaciones que se están produciendo estos días como protesta por la presencia de la ultraderecha en el parlamento me parecen bien, porque protestar contra el fascismo -o su embrión- es algo positivo en cualquier momento y lugar. Pero no va a solucionar la situación porque esto, en democracia, solo es posible votando -cosa que no sé si hizo todo el mundo que ahora se manifiesta-. Pretender que un resultado electoral -por poco que nos guste- pueda alterarse por presiones en la calle, además de inútil, es tanto como negar el sistema democrático que se dice defender.

Aunque hay quien piensa que el voto a Vox procede de las clases acomodadas, creo que la realidad es mucho más compleja. Es fácil comprobar, con los resultados en la mano, que este voto -aunque es mayor en zonas de rentas altas- se ha dado también en barrios de rentas medias o bajas. Es muy alto en municipios con un alto índice de inmigración, como El Ejido, o en zonas con altos índices de paro, como el Campo de Gibraltar. Pero ninguno de estos factores -ni las rentas altas ni la inmigración o el paro- explican la presencia de esta opción en los resultados de zonas del interior de Andalucía. ¿De dónde procede este voto? Probablemente de la reacción al proceso independentista catalán, capitalizada por la extrema derecha. Lo que no parece conveniente, en cualquier caso, es hacer juicios apresurados sobre estos votantes, descalificándolos gratuitamente como fascistas. Sin pretender justificar a nadie, creo que los demócratas de izquierda no ganamos nada estigmatizando a un sector de la población que probablemente ha canalizado su malestar a través de Vox sin compartir o incluso desconociendo su ideario. 

En democracia, todas las ideas políticas que no sean atentatorias contra los Derechos Humanos y la igualdad entre las personas son admisibles. Por tanto lo son también las de los independentistas catalanes, y hay que diferenciar muy bien la legitimidad de las ideas de la ilegalidad de los procedimientos. La primera debe respetarse, la segunda debe perseguirse con la ley en la mano. Eso sí, sin sobreactuaciones que lleven al descrédito de la Justicia o a situaciones de pura injusticia, como el abuso de la prisión preventiva amparándose en un delito de rebelión más que dudoso. 

Dicho lo anterior, desde un mínimo sentido de la responsabilidad, no se entiende que el independentismo catalán no se sienta concernido por los resultados electorales en Andalucía. Parecen comportarse como si el auge de la ultraderecha fuera de los límites de Catalunya les fuese ajeno, como si el problema que esto representa no les fuese a afectar nunca. ¿Se han parado a pensar qué puede ocurrir si en unas elecciones generales se repitiese la mayoría obtenida por las derechas en las elecciones del domingo? ¿De verdad les compensa seguir tensando la cuerda, ante el verosímil riesgo de enfrentamiento civil que esto supone? No les pido que renuncien a sus aspiraciones, sino que entiendan que el riesgo no es ya solo el estancamiento de cualquier proceso de solución, sino de clara y considerable involución centralista y autoritaria.

En el ascenso de Vox ha sido determinante, por otro lado, la deriva hacia la derecha extrema de Ciudadanos y Partido Popular. A raíz de su salida del gobierno con la moción de censura y de la elección de Pablo Casado como líder, el PP se ha echado al monte. Ante una situación de ahogamiento por la corrupción derivada de la sentencia del caso Gürtel, su estrategia ha consistido en una huida hacia delante embarcándose en un discurso ultranacionalista español con tintes xenófobos. Ciudadanos, rival directo en su espacio ideológico, compite con el PP en esta deriva, de manera que Albert Rivera y Pablo Casado son cada vez más difíciles de distinguir por sus intervenciones públicas -e incluso, a días, por su atuendo-. La consecuencia es que se ha normalizado el discurso de extrema derecha, haciendo que Vox apareciese ahora como un partido más del elenco democrático. Al contrario que los partidos de centro-derecha europeos, para el PP y Cs Vox es una opción legítima más con la que puede contarse a todos los efectos. De esta forma se completa el proceso de blanqueamiento democrático de la extrema derecha que ha contribuido a que muchos electores optasen por ella.

Los medios de comunicación de masas también han sido decisivos en el proceso emergente de la extrema derecha. El afán por la audiencia sobre cualquier otra consideración ha llevado a que las televisiones otorguen una presencia desproporcionada a personajes nostálgicos de la dictadura, barnizando con una pátina de normalidad democrática inmerecida a apologetas del franquismo o a la propia fundación con el nombre del dictador. El mal tratamiento informativo de las noticias relativas a Catalunya o a la inmigración irregular a través de Ceuta y Melilla y el Mediterráneo, hacen el resto. Se ha fomentado así una exagerada sensación de alarma nacional ante estos dos fenómenos, que con seguridad ha contribuido a engrosar el voto a la ultraderecha. Sin duda estos medios deberían hacer una seria reflexión sobre a quién o a qué sirven con estas actuaciones, y las nefastas consecuencias que pueden acarrear a medio o largo plazo.

Volviendo a los resultados electorales, y como decía al principio, la abstención es lo que ha hecho posible el carácter decisivo de Vox como fuerza política en Andalucía. Parece claro que esa abstención procede del electorado de izquierdas y, en gran medida, del electorado tradicionalmente socialista. Eso debe provocar una reflexión en el PSOE que, hasta ahora, no se ha producido con seriedad. De las primeras reacciones del PSOE-A se desprende que su dirección no ha entendido la magnitud del desastre al que nos enfrentamos -aunque hayamos ganado, como no se cansan de repetirnos-. La increíble desconexión de la dirigencia del partido con respecto a lo que se vive en nuestras calles y barrios nos vuelve a sorprender, otra vez. Solo desde esa desconexión es posible ser ajeno al malestar larvado -desde hace tiempo- que se percibe en la gente en relación con una administración que, con demasiada frecuencia, se ha preocupado más de hacer propaganda que de actuar con diligencia ante los problemas. No es un problema de estas elecciones, sino que viene de muy atrás. Hay un sector del partido -que ni quiero ni debo identificar con ninguna afinidad concreta en cuanto a liderazgo- que ha tratado de ponerlo de manifiesto muchas veces, pero cuando los cuadros del partido se confunden casi en su totalidad con los cargos públicos, es muy difícil que éstos tomen conciencia de la situación. Es el problema de desempeñar las funciones políticas en una burbuja socialista en la que nunca penetra ninguna opinión incómoda.

Hay quien trata también, en el seno del PSOE, de culpar al gobierno de Pedro Sánchez de la debacle electoral. Sinceramente, creo que con desacierto, aunque también en la acción del gobierno central se están viendo carencias de bulto en algunos aspectos. Demasiadas idas y venidas en temas importantes -derogación de la LOMCE, cotización de autónomos, tramitación de presupuestos generales para 2019, por citar ejemplos- y demasiado presentar iniciativas como si fuesen realidades antes de negociar el imprescindible apoyo parlamentario para la acción de un gobierno que se sustenta en un grupo de 84 diputados.

Analizadas las causas del ascenso de la extrema derecha, cabe plantearse qué hacer para contrarrestarlo. Pensando en la situación vivida en los años de la transición, en los que la ultraderecha de Fuerza Nueva nunca pasó de ser testimonial, se me ocurren algunas reflexiones. La primera es que en aquel momento existía aun una parte importante de la población heredera directa del franquismo, vinculada al extinto Movimiento Nacional, y potencial apoyo de la nueva ultraderecha. Sin embargo, ese franquismo sociológico apenas cuajó como sustrato social en el que se apoyase el resurgir de ese franquismo sin Franco. En este hecho considero que hay un hecho determinante: la inmensa mayoría de la población percibía beneficios claros y objetivos en prestar su apoyo a fuerzas democráticas. Se creía, con razón, que estas fuerzas democráticas traerían libertad, mayor prosperidad y mayor protección social para todos. 

Esa es la opción que hoy tenemos que poner sobre la mesa las izquierdas en España. Nuestra tarea, antes que criminalizar a quien vota diferente, es convencer con realidades palpables de que el voto a la izquierda merece la pena porque va a mejorar su vida. Una izquierda que debemos asumir de una vez como diversa y con opciones políticas que deben resultar complementarias, no enfrentadas.

sábado, 2 de junio de 2018

SOBRE EL GUSTO DE TENER RAZÓN

A mí, supongo que como a todo el mundo, me gusta tener razón. Los acontecimientos de ayer y hoy creo que me la han dado, por cuanto el triunfo de la moción de censura del PSOE ha dado lugar a un embrión de colaboración parlamentaria que ha de ser el sostén del nuevo gobierno. 

Hoy me acuerdo de que, en enero de 2016, con las elecciones recientes, me pronuncié a favor de que el PSOE buscase un pacto de izquierdas para formar gobierno apoyado, si era necesario, por partidos nacionalistas. Me acuerdo de que consideré un error absoluto el pacto de investidura con Ciudadanos de 2016 -y voté "No" en la consulta realizada por el PSOE, lo que me costó más de un enfrentamiento con compañeros-; hoy todos vemos claramente cuál es el cariz de este nuevo "centro regenerador". Protesté hasta donde pude contra la conjura de barones, vieja guardia y grupos mediáticos para abortar una posible coalición progresista y, en útlima instancia, cesar a Pedro Sánchez como Secretario General -a quien no voté en 2014, en contra de las directrices de los mismos-. Participé, también en la medida de mis posibilidades, en la vuelta de Pedro Sánchez a Ferraz, porque entendía que el proyecto que encarnaba era el mejor de los que se ofrecían para el PSOE, lo que no me ha impedido después criticar algunas de sus actuaciones que me han parecido poco adecuadas.

Para quien tenga ganas de leer, todo está escrito (en entradas anteriores de este blog). Hoy Pedro Sánchez será presidente del gobierno y tendrá por delante una tarea muy complicada dada la debilidad que supone sustentar el gobierno sobre un grupo parlamentario de 84 diputados. Inevitablemente, Unidos Podemos va a ser un socio preferente en el Congreso de los Diputados, no puede ser de otra manera. Ambos grupos deberían fijar una agenda común legislativa centrada en sacar adelante las iniciativas que en este tiempo han sido vetadas por PP y Cs y en revertir las medidas más regresivas aprobadas en la legislatura de mayoría absoluta popular. Para todo ello, creo, hay suficiente consenso entre ambos y el resto de partidos minoritarios del Congreso -con algunas excepciones-.

Muchas cosas tendrán que cambiar, por tanto, en la relación entre PSOE y Podemos. Hago un llamamiento a mis compañeros socialistas para que se instale entre nosotros el clima de respeto hacia Podemos que siempre debió existir, lo que no implica estar de acuerdo en todo ni renunciar a la crítica. También lo hago a Podemos, especialmente a su líder, Pablo Iglesias Turrión, para que manifieste realmente la disposición a la colaboración y al acuerdo que dice tener. Para que no haga demandas maximalistas que puedan truncar el frágil equilibrio con el que el nuevo gobierno echa a andar. No es el momento, por ejemplo, de configurar un gobierno de coalición, pues es necesario afianzar una relación de confianza entre ambos partidos que lo haga posible en el futuro, si fuese necesario. Espero que eso no sea un excusa para cercenar la incipiente voluntad de colaboración mostrada por Podemos en estos días.

A Pedro Sánchez le envío mi felicitación más sincera. En el debate de la moción de censura me sentí plenamente identificado con sus planteamientos y con el tono empleado, también hacia ERC y el PdeCat. Planteamientos y tono que han sido una rectificación del Pedro Sánchez de los primeros tiempos y, en alguna cosa, del de las últimas semanas. Creo que esa es la vía, la de defender con firmeza que los posibles cambios en materia territorial tendrán que venir con arreglo a los cauces legales, a la Constitución. Pero no negar el anhelo de una parte importante de la sociedad de Cataluña de que esos cambios se produzcan. 

Si el gobierno de izquierdas de Portugal ha quedado marcado con el apelativo popular de "gobierno de la geringonça" (de la chapuza) y ha sido capaz de mantenerse y obtener resultados admirados en Europa, espero que nuestro gobierno "Frankenstein" también lo sea. Hagamos todos el esfuerzo de generosidad necesario para conseguirlo. Contamos, tanto en el PSOE como en Podemos, con personas brillantes que deben ser capaces de tejer lo acuerdos que luego se extiendan a otras formaciones del Congreso. Se trata de demostrar que la pluralidad de la izquierda no es un obstáculo insalvable para gobernar. Y nos lo jugamos a una carta: o sale bien, o en las próximas elecciones las derechas volverán por sus fueros.

jueves, 5 de octubre de 2017

(CASI) TODO LO QUE PIENSO SOBRE CATALUÑA

El Govern de Carles Puigdemont ha llevado su deriva independentista hasta mucho más allá de lo tolerable. Un gobierno, sea cual sea, basa su acción en una mayoría parlamentaria que ejerce el poder legislativo y no puede, en ningún caso, violentar la ley por muy legítimo que sea el objetivo a perseguir. No cabe la desobediencia a las leyes por quienes tienen la facultad de cambiarlas, por difícil -o acaso imposible- que esto sea.

Se anuncia una declaración unilateral de independencia por el Parlament de Catalunya para el próximo lunes. Es evidente que, en tal caso, la aplicación del artículo 155 de la Constitución será inevitable y cualquier fuerza política con un mínimo sentido de Estado no podría hacer otra cosa que apoyar esta medida.

Mariano Rajoy ha dejado pudrirse esta crisis con su habitual indolencia. Negándose una y otra vez a reconocer la existencia del problema hemos llegado hasta aquí sin que se haya ofrecido al gobierno de Cataluña ningún tipo de salida negociada para este conflicto. Rajoy preside un partido que ha renunciado a tener relevancia alguna en Cataluña o Euskadi pensando que su política hacia estos territorios le es rentable en el resto de España. En este sentido, el Partido Popular se rige por el "cuanto peor, mejor", y carece de cualquier vocación de solución del problema.

El referendum celebrado el pasado domingo carece de cualquier tipo de garantías para considerar válido o representativo su resultado. Al margen de las anomalías de bulto en su convocatoria y gestión, es un referendum en el que media Cataluña se ha sentido excluida y en el que ha renunciado a participar.

Una vez despojado, vía judicial, el pretendido referendum de toda suerte de validez legal, resultaba torpe y absurdo -salvo que se hiciera con fines propagandísticos- pretender evitar el hecho físico de su celebración por la fuerza. Las cargas policiales contra ciudadanos pacíficos que quieren ejercer, aun conscientes de su falta de validez legal, su voluntad de expresarse en las urnas no están justificadas en absoluto. Para colmo, la vergüenza internacional de que se ha hecho acreedora España apenas sirvió para cerrar un centenar escaso de centros de votación, de los casi 2500 en toda Cataluña.

La derecha nacionalista catalana -antes CiU, ahora PDCat- ha visto en la causa independentista una espesa cortina de humo con la que ocultar su podredumbre por la corrupción y los salvajes recortes sociales de sus gobiernos. De forma simétrica, el ruido producido por esta deriva ha servido también al PP para lo mismo.

El sentimiento nacionalista en Cataluña no es un invento de sus gobernantes que el pueblo catalán ha asumido de forma ciega. Es imposible que, en un régimen democrático y pluralista, surja de la nada una cuasimayoría social que apueste por la independencia como solución a sus problemas. Si esta mayoría existe es porque hay un problema histórico latente sobre el encaje de Cataluña en el marco del Estado. Quien lo niega lo hace por ignorancia o por puro cinismo.

Las pretensiones de la población nacionalista no se pueden despachar con lecciones de Historia -aduciendo que nunca hubo una Cataluña independiente- ni de Derecho Constitucional -diciendo que la independencia es imposible e innegociable legalmente-. Aunque fuese así -y habría que tener en cuenta que tanto los hechos históricos como los preceptos legales son interpretables- eso no quitaría un ápice de legitimidad a quienes, cualquiera que sea su fundamento, defienden que la independencia es la mejor opción para su tierra. 

La intervención del Rey Felipe VI en la crisis, en la tarde de ayer, ha sido totalmente contraproducente. Dando por hecho que el monarca no puede compartir ninguna pretensión independentista, su obligación habría sido ejercer el poder moderador que le otorga la Constitución, no hacer como mero agente de parte cargando toda la responsabilidad sobre el Govern catalán y sin ofrecer el más mínimo margen al diálogo entre instituciones. Debería haberlo hecho porque, a la postre, también es el rey de los catalanes independentistas. Desde ayer, y con su intervención, la independencia de Cataluña está más cerca y la III República también.

El PSOE debe recuperar sin ambages la defensa de un referendum legal y pactado entre el Estado y la Generalitat, que ya fue defendido durante algún tiempo por el PSC. Hacer seguidismo del PP en este asunto es, además de irresponsable, suicida.

El Estado y la Generalitat deberían dialogar y promover, de forma pactada, una consulta no vinculante en Cataluña sobre la independencia. La lectura de los resultados debería inspirar una reforma constitucional que adecúe nuestro marco legal a las demandas de autogobierno de Cataluña o cualquier otra comunidad del Estado y, llegado el caso, reconozca la posibilidad de secesión bajo condiciones razonables -en ningún caso una exigua mayoría del 51%-. En esto podría ser un referente internacional la Ley de Claridad canadiense en referencia a Quebec.

Yo quiero que Cataluña siga siendo parte de España. Pero para conseguirlo tenemos que ofrecer a la población catalana una propuesta de vida en común que le resulte atractiva. Pretender perpetuar la pertenencia de Cataluña a España por la fuerza y en contra del deseo mayoritario de su población no merece llamarse convivencia. Eso tiene otro nombre. 

Si la supuesta declaración unilateral de independencia se prevé para el lunes, tenemos cuatro días -con sus noches- para explorar a toda costa la posibilidad de evitarla. Dado que Mariano Rajoy no parece dispuesto a mover un dedo -ha rechazado las ofertas de mediación que Puigdemont había aceptado-, insto al PSOE y a Pedro Sánchez a tomar la iniciativa y convocar a todas las fuerzas políticas -en Madrid y en Cataluña- dispuestas a tratar el asunto mañana mismo. 

Si, finalmente, hay declaración unilateral de independencia y se produce la intervención del Estado, la respuesta social que va a producirse en Cataluña dejará a la altura de una broma lo ocurrido el pasado domingo. El Estado vencerá, sin duda, en esta pugna. Pero la brecha abierta tardará siglos en cerrarse, si es que se cierra. No podemos permitirlo.
 

lunes, 24 de julio de 2017

LA PLURINACIONALIDAD Y RODRÍGUEZ IBARRA

Como esos padres cincuentones que abroncan a sus hijos por cosas que ellos mismos hacían a su edad, hace pocos días mi compañero socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra llamaba la atención a este nuevo PSOE con un artículo demoledor: La mentira del plurinacionalismo. La verdad es que el artículo me sugiere casi responder a sus argumentos línea por línea, ya que me parece difícil alcanzar el grado de torpeza que alcanza -a mi juicio-, Juan Carlos para el análisis de este asunto. Tratándose de una persona inteligente -y pienso honestamente que lo es-, creo que le ciega su aversión al reconocimiento de toda pluralidad nacional en España, hasta el punto de no permitirle un análisis sereno y objetivo, aún desde el desacuerdo.

Obviando los juicios de valor que hace sobre los nacionalistas -demasiado aventurados para mi gusto- intentaré centrarme en sus críticas a quienes defienden el reconocimiento de la plurinacionalidad de España desde el PSOE. En uno de sus párrafos, afirma que "el Estado Federal no satisface las mínimas exigencias de quienes aspiran a la separación o a la diferencia respecto al resto de los ciudadanos españoles. En consecuencia, alguien debería explicar a quiénes se quiere contentar o qué problemas se tratan de solucionar con el federalismo". Resulta cansado tener que repetir, una vez más, que quienes defendemos el federalismo como forma de estado no lo hacemos para contentar a nadie, sino porque creemos que es la forma de estado natural en un país como España y porque es -en nuestra opinión- la manera más eficaz de conjugar el reconocimiento de identidades diferenciadas de los territorios con un proyecto común de todos. La defensa del federalismo no se hace a remolque de nacionalistas, sino como una tercera vía entre nacionalismos de uno y otro signo, precisamente porque quienes la defendemos no somos nacionalistas. El federalismo no es un paño caliente para curar la deriva nacionalista, sino una propuesta meditada y propia como aportación al tratamiento de un problema de fondo que solo se puede negar desde el cinismo o la más absoluta ignorancia. 

Como guinda del pastel, esto dice Juan Carlos en su último párrafo: "Y para nota, la peregrina idea de que todo federalismo es asimétrico. Defender eso es aceptar que no todos somos iguales. Aquellos que quieren ilustrarnos con Baviera para defender la farsa de las naciones sin Estado, deberían decir en qué parte de la Constitución federal alemana se contempla la famosa asimetría federal". Sería necesario analizar caso por caso los estados federales del mundo para saber si son o no asimétricos -nunca he oído la afirmación de que todos lo son ni la contraria-. Pero hay dos cuestiones que me parecen obvias y contrastables en nuestro propio Estado -ni conozco la Constitución Federal Alemana ni creo que haya que irse hasta allí para eso-. Primero, que no hace falta -ni siquiera- ser un estado federal para que se den asimetrías en la configuración territorial. La Constitución Española de 1978 es un claro ejemplo, cuando establece diferencias entre comunidades forales (Euskadi y Navarra) y el resto, o cuando prevé diferentes vías de acceso a la autonomía de nacionalidades y regiones a través de los artículos 151 y 143, respectivamente -aún cuando hoy en día esas diferencias se han diluido prácticamente por completo-. Segundo, que esas asimetrías en la configuración del Estado no tienen por qué suponer diferencias de derechos entre sus ciudadanos. Volviendo de nuevo a nuestra constitución, ésta consagra los mismos derechos fundamentales para todos los españoles, independientemente de la parte del territorio en que tengan su residencia.

Con todo, lo más llamativo del caso es esta otra afirmación de su artículo: "Cada vez que escucho a un socialista defender el plurinacionalismo español experimento la misma sensación que tendría un cristiano que, después de creer toda la vida en la existencia de un dios único y verdadero, el Papa de Roma le anunciara que todo era mentira y que ese dios no existe". O sea, que el compañero Juan Carlos se afilió al PSOE con unas creencias que ahora alguien pretende cambiarle, haciéndole caer en una crisis de identidad que se le hace difícil de llevar. Pero, ¿es esto cierto? ¿cuál era ese dios verdadero, en materia de organización territorial, que defendía el PSOE y que despertó la vocación en Juan Carlos Rodríguez Ibarra? 

Juan Carlos Rodríguez Ibarra se afilió al PSOE en junio de 1976. Como todos los que nos hemos afiliado, supongo que él lo hizo a la fuerza política con la que sentía una mayor coincidencia ideológica. A buen seguro, antes de coger su carnet de militante repasó aquello que el PSOE defendía por entonces, reflejado en las resoluciones de su último congreso -el famoso congreso de Suresnes de 1974-. He aquí lo sorprendente del asunto, pues en las resoluciones de este congreso, el PSOE defendía "el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de todas las nacionalidades ibéricas" -lo que va bastante más allá de lo defendido actualmente-. ¿Lo sabía Juan Carlos cuando se afilió? Dudo que un postulado de semejante calibre le pasara desapercibido. ¿O se afilió, quizá, con intención de promover cambios en este aspecto? Tampoco lo parece, pues en las resoluciones del siguiente congreso -el XXVII, en diciembre de 1976, y en el que Juan Carlos participó-, aparte de mantener el compromiso con el derecho de autodeterminación, se decía que "El PSOE propugna la instauración de una República federal, integrada por todos los pueblos del Estado español". No solo el "manido" Estado Federal -como ahora lo llama-, encima en forma de República, casi nada.

Pese a todo, no parece que Juan Carlos Rodríguez Ibarra se encontrase incómodo en este PSOE. Sabemos que su desacuerdo con las resoluciones citadas -si es que lo hubo entonces- no le impidió concurrir a las elecciones generales de 1977 en las listas del PSOE y obtener un escaño por Badajoz. Hoy ridiculiza propuestas bastante más moderadas que las defendidas entonces como esos padres cincuentones y olvidadizos, diciendo que los jóvenes de ahora no saben de lo que hablan. Supongo que, como se suele decir, es ley de vida.



sábado, 20 de mayo de 2017

NOSOTR@S, QUE NO SOMOS PEDRISTAS

Soy militante del PSOE y nunca he sido Pedrista. Tampoco ahora lo soy y no lo seré en el futuro. En las primarias de 2014 avalé y voté a José Antonio Pérez Tapias. Sin embargo, en las elecciones a la Secretaría General que los socialistas celebramos este domingo, día 21, votaré a Pedro Sánchez, a quien también presté mi aval. La aparente contradicción en lo que afirmo tiene una explicación sencilla pero que much@s compañer@s no entienden: votaré a Pedro Sánchez por considerar que el modelo de partido que propugna su candidatura es el que más se acerca al que yo defiendo y no porque su liderazgo personal, en sí mismo, me parezca razón suficiente. Muy al contrario, deposito mi confianza en su proyecto -presentado en febrero pasado, que leí y al cuál propuse algunas modificaciones- y en el equipo de su candidatura. Creo que se trata de una propuesta política bien fundamentada, de acuerdo con las necesidades actuales de la socialdemocracia y avalada por personas de la solvencia de Josep Borrell, Manuel Escudero o Cristina Narbona, entre otr@s. 

Los socialistas tenemos, fundamentalmente, dos opciones a la hora de votar en estas primarias: la mencionada de Pedro Sánchez, o la que representa Susana Díaz. Si he decidido descartar esta última opción -al margen de los acontencimientos de octubre, que han tenido su peso- es porque las propuestas y los mensajes que la candidata nos ha dirigido a los militantes no me resultan convincentes. Por el contrario, los argumentos con los que ha defendido su candidatura han reforzado los míos para hacer lo contrario. Aparte del hartazgo de frases hechas -"PSOE ganador", "PSOE mucho PSOE", "un PSOE más PSOE"-, las afirmaciones con las que ella define su modelo de partido están en las antípodas de lo que yo creo que el PSOE tiene que ser. No comparto, por ejemplo, que el PSOE tenga que ser un partido en el que cada uno viva el socialismo como le dé la gana para que quepan en él desde Paco Vázquez hasta Pablo Castellano -afirmación, además, falsa: Pablo Castellano no cabía en el PSOE desde 1987, cuando se marchó antes de ser expulsado-. Según sus palabras, parece como si el PSOE fuese una especie de Real Madrid de la política que en lugar de votantes y afiliados tuviese hooligans. Hooligans dispuestos a la defensa de sus siglas por encima de lo que significan, como si lo importante fuese ser del PSOE y lo de menos, ser socialista.

Como digo, ése no es para nada mi modelo de partido. Yo creo en un PSOE definido ideológicamente como partido de izquierda, aunque eso implique que no quepa todo el mundo. Creo en un PSOE que respete a su verdadera máxima autoridad, que es su militancia, y le otorgue voz y voto, inexcusablemente, en la elección de su Secretari@ General y en la toma de decisiones de gran calado como los pactos de gobierno. Creo también en un PSOE que no sea ciego a la nueva realidad política en la que vivimos y que, pese a las dificultades que entrañe, se decida a liderar las alianzas de izquierda que sean necesarias -sí, también con Podemos- para desalojar del poder al Partido Popular. Porque solo un PSOE así puede recuperar el apoyo de aquell@s que nos abandonaron por no ser consecuentes con el contenido de nuestras siglas -la 'S' y la 'O'-, sobre todo de l@s jóvenes. Creo en un PSOE que vuelva a reconocerse, sin complejos, con la pluralidad nacional de España para ofrecer a la ciudadanía una alternativa propia al nacionalismo de unos y otros.

Pienso, por tanto, que mi modelo de partido se acerca al defendido por la candidatura de Pedro Sánchez y por eso le daré mi voto. Pero también pienso que mi opción es compartida por una gran parte -no pedrista- de la militancia del PSOE que, a raiz de los acontecimientos de octubre, se rebeló contra una clase dirigente despótica a la que no está dispuesta a tolerar más imposiciones. Diría más: creo, como otr@s compañer@s, que este movimiento de las bases, que nació antes que la candidatura de Pedro Sánchez, le sobrepasa y va más allá de la defensa de su liderazgo personal. Por el contrario, debería perdurar más allá de su eventual triunfo o fracaso en las elecciones del domingo, impulsando una renovación total de los modos de hacer política en el PSOE. Puede que sea la última oportunidad para evitar caer en la irrelevancia política.

lunes, 30 de enero de 2017

BERJA Y LA PUERTA DE ALCALÁ


Cuentan las crónicas que Carlos III, a su llegada a Madrid para tomar posesión de la Corona de España, hizo entrada en la ciudad por la antigua Puerta de Alcalá, abierta en las murallas de la Villa desde 1625. El rey, procedente de Nápoles, no encontró de su gusto la citada puerta, construida en tiempos de Felipe IV. Por ello mandó derribarla y construir en su lugar una nueva puerta más monumental, a modo de arco de triunfo, lo que dio lugar a la actual Puerta de Alcalá. Era 9 de diciembre de 1759 y llovía. El pasaje histórico fue recreado, incluso, en una conocida canción de 1986 -”La Puerta de Alcalá”, de Ana Belén y Víctor Manuel-: “Una mañana fría llegó/Carlos III, con aire insigne/se quitó el sombrero muy lentamente/bajó de su caballo/con voz profunda le dijo a su lacayo:/Ahí está, la Puerta de Alcalá”. El origen, pues, de la actual Puerta de Alcalá está en el mero capricho de un nuevo rey que decide, un día cualquiera y sin encomendarse a dios ni al diablo, reducir a escombros la puerta antigua para construir una nueva a medida de su gloria como monarca. Por supuesto, fue el mismo Carlos III quien encargó y supervisó los proyectos de la obra al arquitecto Francisco Sabatini. La voluntad de un rey absolutista, ilustrado, sí, pero absolutista y despótico, se constituye así en razón y guía única y última de lo que se hace y se deshace.

Llegando a nuestros días, Carlos III ha encontrado en Berja un discípulo imprevisto en la persona de su alcalde, D. Antonio Torres. Una mañana fría de enero, D. Antonio salió de su despacho en la Casa Consistorial y bajó la monumental escalinata de piedra hasta la calle. Allí, acompañado de algún lacayo de su corte y al modo del monarca antes citado, decidió que es su real voluntad acometer una reforma completa de la centenaria y emblemática Plaza de la Constitución de Berja. Y sin más preámbulos, que no son necesarios para gente de su posición, fue dando indicaciones de los detalles de tal reforma, explicando a cuantos viandantes y curiosos se acercaron la naturaleza y alcance de la obra. Se dio la circunstancia de que pasaba por allí -se entiende que casualmente- el cronista oficial de la corte. No dudó en hacerse eco de las indicaciones de D. Antonio acerca de las bondades de la reforma, haciendo saber posteriormente a la ciudadanía de Berja que “los técnicos municipales ya ultiman las mediciones sobre el terreno antes de proceder a la remodelación de la Plaza de la Constitución. Una reforma integral que 'lavará' la imagen de este emblemático espacio que apenas ha sufrido cambios en los últimos años”. La información, lamentablemente, es inexacta. No existe en las dependencias municipales ni siquiera un proyecto de obra o una memoria valorada de su coste, ni dotación presupuestaria para ejecutarla en el presupuesto que acaba de aprobarse, ni procedimiento administrativo en marcha para su adjudicación. Nada. Sin embargo, D. Antonio hizo saber al cronista que “en febrero está previsto que comiencen las obras para levantar toda la parte central de la plaza, retirar el arbolado y resto de mobiliario público”, que ya tendrá él en mente su particular Sabatini y algún constructor de confianza. Al fin y al cabo, ¿qué son estos impedimentos burocráticos ante la real voluntad de D. Antonio? ¿Para qué queremos a tanto escribiente y maestro de obras en el Ayuntamiento, sino para hacer realidad sus deseos en el momento en que los tenga? ¿Para qué pagan tributos los ciudadanos de Berja si no es para satisfacer los delirios de grandeza de D. Antonio Torres? ¿Acaso no es digno él de remodelar su ciudad a medida de su capricho, como hiciese Carlos III, alcalde que fue de la Villa y Corte? ¿Tiene él algo que envidiar, en despotismo, al monarca que fue el paradigma español del Despotismo Ilustrado? ¿Hace falta ser ilustrado para compararse con Carlos III? Seamos serios que el asunto lo requiere. Puede que la condición de ilustrado no sea la que más luce en D. Antonio Torres. Pero si hablamos de despotismo, va sobrado.

sábado, 21 de enero de 2017

CARTA ABIERTA A JAVIER FERNÁNDEZ

Compañero Javier:

El discurso que pronunciaste en la reunión de nuestro Comité Federal del pasado 14 de enero recibió, aquel mismo día, abundantes elogios por parte de propios y extraños. Me propuse leerlo con atención, pues tengo por norma informarme de primera mano sobre estas cosas, para no entrar a comentar titulares de prensa que puedan ser sesgados. Eso hice, y desde aquel momento, tuve claro que quería contestar a algunas de las afirmaciones de tu intervención. Aunque ha pasado ya una semana -los militantes de base no tenemos mucho tiempo que dedicar a expresar opiniones políticas, aunque las tengamos-, es lo que pretendo hacer con esta carta que me he permitido dirigirte.

Debes saber, en primer lugar, que los militantes que nos hemos movilizado contra la forma de actuar de la Comisión Gestora que presides, no lo hacemos por creernos en posesión de verdades absolutas, ni del monopolio de las buenas intenciones en el PSOE. Lo hacemos, sencillamente, porque no estamos de acuerdo con las formas en que se instauró la gestora como dirección provisional, ni con su actuación desde aquel momento. Creo que lo hacemos con legítimo derecho, como lo tienes tú de defender lo contrario. No pretendemos con ello criminalizar a nadie, pero comprenderás también que no podemos aceptar que se nos reproche a nosotros nuestro legítimo desacuerdo. También nosotros hemos sufrido la agresividad verbal de aquellos que piensan diferente, por lo que no parece acertado invocar al victimismo para hacerse acreedor de mayor altura moral que los demás.

Nos dijiste en tu intervención que debemos ser leales con nosotros mismos, con nuestro partido, y con el país. Y que cuando esas lealtades entran en conflicto, debe primar, por encima de todas ellas, la lealtad al país. Nos lo dices como si, quienes discrepamos de tus posiciones, careciésemos de esa lealtad. ¿Puedes entender que muchos defendemos posiciones contrarias, también, por lealtad al país? ¿De verdad la única forma de ser leal a España es permitir, sin condiciones previas, la formación de un gobierno apoyado en la derecha más montaraz y corrupta de Europa? Muchos creemos que no. Creemos que haber intentado seriamente una alternativa de izquierdas es, de verdad, demostrar lealtad a nuestros conciudadanos. No deja de ser contradictorio que tú, que afeas a los demás un supuesto afán de monopolio de las buenas intenciones, te consideres en posesión del único concepto posible de lealtad a España.

Nos explicaste, Javier, qué es para ti la lealtad al partido: aceptar las decisiones adoptadas por los órganos de representación, aun las más difíciles y controvertidas, y decirle a la gente que somos mucho más que una maquinaria de oposición férrea a la derecha, destinada a arrojarla del poder a cualquier precio. Pero empezaste tu explicación diciendo que, tras las elecciones del 26-J, todos los dirigentes del PSOE sabíais lo que había que hacer -refiriéndote a la abstención-, pero no cómo ganar un congreso después de hacerlo. Por tanto, y a la vista de los hechos, reconoces que esos dirigentes -entre los que te incluyes, pues hablas en primera persona del plural- fuisteis incapaces de plantear en los órganos de representación la necesidad de hacer lo que finalmente se hizo. Muy al contrario, callasteis donde debisteis hablar, y hablasteis donde debíais callar, socavando deliberadamente la autoridad del secretario general. No se me ocurre una forma más evidente de ser desleal a ese partido al que nos dices que hay que querer. Ni a ese órgano de representación supremo que constituimos el conjunto de todos y todas las militantes.

Decías que la ciudadanía socialdemócrata nos pide no reducir nuestra acción política exclusivamente al enfrentamiento con el PP; que en democracia, en situaciones concretas como esta, se impone acordar antes que ir a unas nuevas elecciones sin expectativas y sin esperanza. Pero Javier, ¿acordamos algo para no ir a las elecciones? ¿Hicimos valer nuestra fuerza parlamentaria para exigir al PP unos mínimos de higiene democrática antes de facilitar la investidura? Muchos de nosotros pensábamos, no ya desde el 26-J, sino desde el mismo 20-D, que la abstención podría llegar a producirse -y lo dijimos, fuimos leales y no jugamos a dos barajas-. Pero siempre poniendo por delante el intento de gobierno alternativo hasta la extenuación. Y si no fuese posible, estableciendo condiciones severas y sin las cuales no facilitaríamos la investidura. Sin embargo, lo que se otorgó al PP fue una rendición incondicional que humilló al partido y a su militancia, a la que se le hurtó la posibilidad de haberse pronunciado sobre una decisión de vital trascendencia y sin precedentes en nuestra historia. 

Nos hablabas de la necesidad de actualizar nuestras propuestas a la sociedad, de reformismo, de moderación, de lealtad institucional. En definitiva, de la importancia de las ideas que defendemos. Nos decías que la conferencia política de 2013 ha quedado obsoleta, porque la realidad ha cambiado desde entonces -mencionas el surgimiento posterior de Podemos, el crecimiento económico actual frente a la recesión o el Brexit-. Tienes razón, quizá nuestro marco ideológico debe estar sujeto a revisión permanente para dar respuestas a una realidad cambiante. Pero deberías saber que el mayor problema que tenemos de cara al electorado no es la carencia de ideas, sino de credibilidad. Da igual lo buenas que sean nuestras propuestas porque la gente, Javier, sencillamente no nos cree. Porque sé que eres consciente de esta realidad, pienso que cuando apelas a la necesidad de tiempo para el rearme ideológico estás poniendo en marcha, digas lo que digas, una maniobra dilatoria a instancia de parte.

Mientras dices que la conferencia política de 2013 ya no sirve, en una nueva contradicción, declaras la vigencia absoluta de la Declaración de Granada -también de 2013- en lo que se refiere al modelo territorial del Estado. Y, de alguna forma, ridiculizas a quienes defienden que la Declaración de Granada es un buen punto de partida para avanzar hacia un Estado definitivamente federal y plurinacional, enfatizando la afirmación del PSOE como dique de contención ante esa posible evolución. Descalificas conceptos como la soberanía compartida de un modo tan atrevido que parece proceder de la ignorancia: ¿acaso no compartimos ya soberanía con instancias europeas? ¿no cedimos hace más de una década algo tan importante en la soberanía del Estado como la política monetaria? ¿por qué te escandalizas de la posibilidad de compartir soberanía hacia dentro -lo que entra en la lógica federal que se supone que defiende el PSOE- si ya la hemos cedido hacia fuera, y a órganos de dudosa legitimidad democrática? Podría entender que argumentases en contra, pero no que descalifiques sin más -en un discurso de tintes neocentralistas homologable, prácticamente, al de la derecha española- las posiciones de quienes defienden con argumentos -políticos y jurídicos- la necesidad de ofrecer un cauce de encuentro entre las demandas de autogobierno periféricas y la voluntad de unión del conjunto de España que los socialistas siempre hemos defendido y defendemos.

Para terminar, nos hablas de moderación, de necesidad de pactos y acuerdos de Estado. Y de respeto. Creo que en un partido como el nuestro está de más hablar de necesidad de moderación -la hemos acreditado con creces desde la transición, quizá en exceso-. En cuanto a los pactos de Estado, nunca hemos necesitado estar en la oposición con un gobierno en minoría para cooperar en asuntos de Estado: así lo hicimos, por ejemplo, con el Pacto por las Libertades y Contra el Terrorismo. Y sobre respeto, nos lo debemos todos. La mejor forma de demostrarlo es cumplir con el papel que nos corresponde, sin forzar extralimitaciones que puedan poner nuestra actuación bajo sospecha. Y eso es, precisamente, lo que consigue la Comisión Gestora cuando dilata la celebración del congreso que ha de convocar o cuando se atribuye potestades, como redefinir las relaciones con el PSC, que no le corresponden. Para demostrar respeto, Javier, empecemos por demostrar respeto a las normas que nos hemos dado, a la razón y a la inteligencia de los compañeros y compañeras.

Saludos.

viernes, 30 de diciembre de 2016

NI SU, ¿NI SA?

El necesario congreso federal del PSOE sigue sin tener fecha, pero continúan los movimientos de unos y otros para optar al liderazgo del partido cuando tengan lugar las previsibles primarias. En este sentido, hace ya algunas semanas que viene escuchándose un cierto runrun que se conoce entre la militancia como la opción "ni Su ni Sa", esto es, ni Su(sana Díaz) ni (Pedro)Sá(nchez). Quienes respaldan esta opción ponen de manifiesto las -a su juicio- nefastas consecuencias que tendría para el PSOE un choque de trenes (sic) entre dos candidaturas totalmente antagónicas, como serían las de la Presidenta de la Junta de Andalucía y la del anterior secretario general. Dicen, con cierta razón, que Susana Díaz ha salido totalmente quemada del asalto a la dirección que concluyó en gestora. Y sobre Pedro Sánchez, también con cierta razón, que nunca segundas partes fueron buenas. Se apunta a otros posibles candidatos a la Secretaría General, siendo Patxi López el nombre más sugerido como tercera vía.

Muchos militantes hemos manifestado nuestro rechazo a la actitud de Susana Díaz como principal instigadora de los hechos que, desde primeros de octubre, tienen sumido al Partido Socialista en una situación de anormalidad. La actitud de la Comisión Gestora -que ella tutela a través de Mario Jiménez- nos parece intolerable, por cuanto se arroga competencias que en absoluto le corresponden y deja de hacer aquello que es prácticamente su único cometido: convocar y organizar un congreso federal del partido. Todo esto, a lo que habría que añadir la actitud revanchista de la gestora en la gestión del grupo socialista en el Congreso de los Diputados, ha dejado al descubierto que la forma de actuar de Susana Díaz en el PSOE parece más orientada a saciar su desmedida ambición de poder -aunque sea de puertas adentro- que a procurar la reconexión del partido con sus bases y votantes. Queda de manifiesto, además, su concepción anacrónica de lo que debe ser el funcionamiento interno del PSOE, pues parece defender -siempre a través de otras voces, usualmente ciertos barones- una regresión a los modos de los años 80 y 90 en lo que se refiere a los mecanismos de ejercicio de la democracia interna. 

Por las razones descritas -abreviando, pues habría más de naturaleza puramente ideológica-, el que suscribe no apoyará una eventual candidatura de Susana Díaz a la Secretaría General. ¿Qué hacer entonces? Como siempre, creo que es importante tener claro qué queremos que haga nuestro próximo secretario/a general antes que entrar en debates nominalistas. Pero ojo, no me refiero, como parece defender la Comisión Gestora, a la supuesta necesidad de una conferencia política para el rearme ideológico del partido. En mi opinión, tal cosa no es más que una maniobra dilatoria para retrasar la necesaria convocatoria del congreso, pues el armazón ideológico fue puesto al día -a mi entender con éxito- en la conferencia de 2013 y plasmado en los programas electorales de 2015. Es decir, no hay un problema acerca de qué defiende el PSOE para España sino, sobre todo, un problema acerca de qué defiende el PSOE para sí mismo. En mi opinión, el Partido Socialista debe asumir algunos cambios en su funcionamiento interno:
  • El PSOE debe posicionarse claramente en la izquierda política. Debemos ser, como alguien ha dicho, una izquierda que sea capaz de atraer al centro, en lugar de un centro que haga guiños a la izquierda. Si se repasa la historia del partido en el período democrático puede constatarse que su trayectoria acredita un carácter claramente moderado -en muchas épocas, excesivamente centrista y liberal- y que, contra el discurso de la vieja guardia del partido, sus mejores resultados electorales se han dado cuando se ha apostado por políticas más identificadas con la izquierda.
  • Debemos entender que el escenario político en el que vivimos ya no es el del bipartidismo reinante hasta las elecciones de diciembre de 2015. Ello implica asumir que el campo electoral de la izquierda ya no es monopolio del PSOE, sino que es un espacio compartido con otras fuerzas políticas, principalmente Podemos. Sin obviar las dificultades para el entendimiento con la formación morada, nuestro partido debe abrirse a debatir y acordar con ésta líneas políticas comunes y, llegado el caso, pactos de gobierno.
  • En las victorias electorales del PSOE han sido siempre claves dos territorios: Andalucía y Cataluña. Sin entrar ahora en las razones de la merma de apoyo electoral en Andalucía -que merecen una reflexión aparte-, parece evidente que el discurso neocentralista -en algunos casos con rasgos puramente anticatalanistas- que han adoptado determinados barones -y baronesa- no es el más indicado para optar al liderazgo electoral en Cataluña o Euskadi. No se trata de convertirse al nacionalismo, sino de seguir jugando el papel intermedio entre nacionalistas y no nacionalistas. Para ello hay que volver a reconocerse en la pluralidad nacional existente en España. No es nada nuevo, ha formado parte de la identidad política del PSOE -y del PSC- desde la transición y no debería ocasionarnos ningún complejo.
  • Las personas de izquierdas somos críticas por naturaleza. Es decir, aceptamos con mucha dificultad -si es que lo hacemos- pertenecer a un colectivo en el que se decide por nosotros y se nos hurta la posibilidad de manifestar nuestro criterio sobre las grandes decisiones a adoptar. Si hablamos, además, de personas jóvenes -de menos de 35 años, poniendo por caso-, es inconcebible que se sientan atraídas por un partido que tiene este tipo de funcionamiento interno. Cualquiera que asista a una asamblea del PSOE puede comprobar la -prácticamente- total ausencia de militantes en esa franja de edad. No se trata de convertir al PSOE en un partido asambleario, sino de equilibrar nuestra tradicional democracia representativa con mecanismos de participación de la militancia que le otorguen a ésta la capacidad de decisión que debe corresponderle.
  • El PSOE debe transitar hacia mecanismos de elección de sus órganos de dirección que eviten la enfermiza endogamia que padecemos. No es aceptable en la actualidad que los órganos de dirección del partido estén copados por cargos públicos que, en demasiadas ocasiones, anteponen su apego al poder a la lealtad a los principios ideológicos que se supone que defienden.
¿Existe un candidato o candidata a la Secretaría General que defienda estas tesis? Todavía no sabemos quiénes serán esos candidatos, pero está claro que las posiciones políticas de Susana Díaz están en las antípodas de lo expuesto. ¿Será Pedro Sánchez, si finalmente opta a la Secretaría General, defensor de estos postulados? A juzgar por sus últimas intervenciones públicas, se diría que sí. Pero me resulta imposible dejar de recordar que su trayectoria en este sentido ha sido más bien errática y que está trufada de evidentes contradicciones. 

El dilema en el que nos encontramos militantes como yo se deriva de lo anterior. Quizá la única persona capaz de competir con Susana Díaz con posibilidades de éxito es Pedro Sánchez. El colectivo de militantes enfrentados a la actual gestión del partido -unidos en plataformas en demanda de congreso y primarias- tenemos la necesidad de aunar fuerzas para armar desde la base una candidatura que esté en condiciones de disputar el liderazgo del partido. Y la cuestión entonces es que, probablemente, esa candidatura tenga que estar encabezada por Pedro Sánchez -no parece que haya ningún otro militante que pueda concitar apoyo semejante-. 

En definitiva esa eventual candidatura, si finalmente está encabezada por Pedro Sánchez debe ser, a mi entender, una candidatura coral. Una candidatura en la que se presente a la militancia un equipo solvente y comprometido con las tesis expuestas más arriba, con compañeros y compañeras de acreditada capacidad y convicciones. Una candidatura, al fin, que aune el tirón electoral entre la militancia y simpatizantes de Pedro Sánchez -acreditado en diferentes sondeos de opinión- y la labor de contrapesos que puedan ejercer otras personas para, entre todos, conformar una dirección a la altura de las circunstancias actuales. Ese nuevo liderazgo coral, que huya de una vez de personalismos y excesivas acumulaciones de poder interno, debe poner más acento en lo colectivo. Para empezar, debería convertirse en norma -a ser posible escrita- la separación de poderes en el seno del PSOE, esto es, la elección de personas diferentes para la Secretaría General y para la candidatura a la Presidencia del Gobierno. Si finalmente se presenta una candidatura así, podrá contar con mi apoyo decidido.